Christina Rosenvinge nos dejó sin palabras

“Se puede renacer sólo tras la humillación”. Hay palabras que pueden marcar un concierto. Éstas salieron de las cuerdas vocales de Christina Rosenvinge, como un arañazo. Parecía un animal herido mientras cantaba “Tok Tok”. Toda la vida creyendo que era la niña ñoña de labios rojos, hasta que la encontré allí, devorando un piano negro de cola sobre un pequeño escenario, midiendo cada golpe sobre las teclas, humillando los acordes.

Fue una sorpresa encontrar al monstruo musical, capaz de transmitir miedo con canciones como “Eclipse”, o esperanza cuando se atrevió con el estribillo de “Animales vertebrados” y su “ha salido el sol, arrogante y español”. No me encontré a la Christina Rosenvinge que recordaba, la de Los Subterráneos. Reconozco que le había perdido la pista y que el pasado permanecía presente. Mi percepción había cambiado el día que escuché “Verano fatal”, el disco que publicó junto con Nacho Vegas (por cierto, qué grande es Nacho), y “Tu labio superior”, su último trabajo. Pero nunca me había fascinado tanto como la otra noche, en la sala Barco, donde vi su esencia: el músico narrando su historia. Íntima, a veces. Otras, desgarradora.

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